top of page

Creatividad; el motor olvidado de la innovación pública.

  • 18 dic 2025
  • 5 min de lectura
Creatividad e Innovación

En los últimos años, la palabra innovación se ha convertido en una consigna omnipresente en el ámbito público. Aparece en planes estratégicos, memorias institucionales, discursos de gestión y los llamados “equipos de innovación”. La idea no es mala. Al contrario, es muy saludable que las organizaciones públicas se propongan repensarse. El problema aparece cuando esos equipos se diseñan como una oficina más, como si su sola organización garantizara la verdadera transformación del Estado uruguayo. Ese cambio solo vendrá si tenemos la capacidad de devolverle al funcionario la facultad de imaginar lo imposible antes de intentar gestionarlo.


Hoy, el concepto de "innovación" satura los discursos en las empresas públicas de Uruguay. Se crean departamentos, se asignan presupuestos y se diseñan hojas de ruta. Sin embargo, existe un vacío estratégico peligroso, estamos intentando innovar sin haber cultivado primero la creatividad. Innovar no es inventar. Innovar es mejorar algo que ya existe; un proceso, un servicio, una tecnología, una forma de gestionar. La creatividad, en cambio, es la capacidad de producir algo nuevo, de imaginar lo que aún no está dado, de romper con la lógica heredada. La innovación trabaja sobre lo existente; la creatividad, sobre lo posible. Por eso, aunque suene paradójico, no hay innovación real sin un acto creativo previo. No se puede mejorar lo que no se ha pensado de otra manera. No se puede transformar lo que nunca se cuestionó. Sin embargo, en muchas empresas públicas, la innovación se ha reducido a una tarea técnica, procedural, casi burocrática; optimizar, digitalizar, acelerar. Todo necesario, pero insuficiente.


Como advierte la referente de Harvard Teresa Amabile, “la innovación es el resultado, pero la creatividad es la materia prima”. Sin el chispazo de originalidad que nace de un pensamiento flexible y motivado, la innovación pública corre el riesgo de ser apenas una versión más costosa de la burocracia de siempre. Esta no visión es un idealismo romántico; es una necesidad de soberanía y eficiencia. La economista Mariana Mazzucato, en su libro "El Estado Emprendedor", desmitifica la idea de que el sector público es un gigante lento y el privado el único innovador. Mazzucato demuestra que las tecnologías más disruptivas —desde el GPS hasta el iPhone— tuvieron su origen en inversiones y creatividad del sector público. El Estado puede y debe ser disruptivo, pero para lograrlo necesita algo más que expertos en procesos; necesita entornos que permitan el pensamiento radical. Es aquí donde el modelo de gestión pública uruguayo choca contra la arquitectura de sus oficinas. No se puede pedir una revolución de servicios a un equipo confinado en oficinas grises, bajo tubos de luz fluorescentes y rodeado de expedientes, creyendo que la voluntad, un pizarrón y un termo de café harán el milagro. La creatividad es sensible al contexto. La capacidad de crear no se desarrolla igual en entornos de rigidez que en espacios diseñados para la experimentación, donde el error se entiende como un paso necesario del aprendizaje. 


Gigantes como Apple o Google han entendido este concepto. Apple, bajo la visión de Steve Jobs, diseñó el Apple Park no como un lujo corporativo, sino como un instrumento de ingeniería social. Sus espacios están pensados ​​para que los empleados se crucen "por accidente", fomentando la serendipia en pasillos inundados de luz natural. Google, por su parte, utiliza la Biofilia —la integración de la vida biológica en el entorno construido— para reducir el cortisol y abrir la mente a nuevas conexiones. No son plantas para decoración; es la comprensión de que el cerebro humano alcanza su pico creativo cuando está en armonía con la vida común, cuando camina, cuando el aire circula y cuando el entorno no grita "jerarquía", sino "posibilidad".


Trasladar esa lógica a la empresa pública no significa copiar modelos empresariales ni banalizar la función del Estado. Significa algo mucho más serio, que es reconocer que el sector público también necesita imaginar, no solo administrar. Que la innovación pública no puede limitarse a hacer más eficiente lo que ya existe, sino que debe animarse a pensar servicios, vínculos y soluciones de otra manera. Hagamos oficinas de innovación, sí. Pero seamos creativos en su concepción. Pensemos espacios que no parezcan oficinas. Diseñemos rutinas que incluyan tiempo para pensar sin agenda, para explorar sin objetivo inmediato, para equivocarse sin miedo. Incorporemos técnicas creativas reales, pensamiento lateral, narrativas, simulaciones, prototipos, cruces con el arte, la cultura y la tecnología. No como adorno, sino como método. Porque cuando la innovación se separa de la creatividad, se vuelve cosmética. Mejora formularios, pero no cambia realidades. Ajusta procesos, pero no transforma organizaciones. Y las empresas públicas, por su rol social, no pueden darse ese lujo. La verdadera innovación pública empieza cuando se acepta una verdad incómoda, no todo se resuelve con eficiencia. Algunas cosas se resuelven con imaginación. Y para eso, hay que animarse a crear condiciones donde imaginar sea posible. No se trata de pintar paredes de colores ni de poner sillones informales. Se trata de asumir que pensar distinto exige entornos distintos. Y que, sin creatividad, la innovación es solo una palabra de moda más. Si la innovación pública se limita a cambiar procesos sin cambiar la forma de pensar, entonces no estamos innovando, estamos administrando mejor la inercia. Y si los llamados espacios de innovación reproducen exactamente las mismas lógicas, jerarquías y miedos del resto de la organización, el problema no es de recursos ni de talento, sino de imaginación institucional.


Y no me digan nada, ya lo veo venir: «Ahí está de nuevo el Estado, despilfarrando el dinero de los contribuyentes en oficinas modernas y pagándole a empleados públicos para que se sientan en sillones lindos a no hacer nada». Es una crítica comprensible en un país que cuida su presupuesto, pero es una visión cortoplacista que nos sale cara. Lo que realmente resulta un gasto público inadecuado es mantener estructuras que no resuelven los problemas de la gente porque sus equipos están mentalmente agotados. No hay nada más ineficiente que pagarles a los mejores funcionarios para que trabajen en un entorno que anula su capacidad de pensar. Invertir en espacios de creatividad no es un lujo; es la propuesta más inteligente que podemos hacer para que la creatividad nazca y la innovación no se quede en un eslogan y se transforme en servicios públicos de calidad mundial.


Llegados a este punto, el desafío para los tomadores de decisión en Uruguay es claro. Si realmente aspiramos a un Estado emprendedor, el compromiso y verdadero liderazgo consiste en tener la audacia de romper el molde. Saquemos a los grupos de innovación de los despachos grises, démosle aire, luz y la autonomía necesaria para que puedan volver a mirar la realidad con ojos nuevos. La innovación que el ciudadano espera no llegará por inercia. Llegará cuando el Estado entienda que para que sus empresas públicas sean modernas, primero debe permitir que su gente sea creativa. Es momento de dejar de decorar el pasado y empezar a diseñar, de verdad, el entorno donde se gestará el Uruguay del futuro.

Mario Bossolasco

Comentarios


Envíame un mensaje y dime lo que piensas

¡Gracias por tu mensaje!

© 2035 Creado por Tren de ideas con Wix.com

bottom of page