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Creatividad, innovación y proyectos: el camino que las empresas públicas deben aprender a recorrer.

  • 27 oct 2025
  • 3 min de lectura
Creatividad, Innovación y Proyectos

Vengo escuchando durante mucho tiempo la palabra innovación. La misma se ha transformado en un comodín en el discurso institucional tanto público como privado, invocándola en conferencias, planes estratégicos, posteos de redes y como bandera del cambio organizacional -y por qué no de un cambio país-. Sin embargo, muchas veces se olvida que la innovación no nace sola y, tampoco, llegará a buen puerto solamente si no la proyectamos metodológicamente.


Entonces comencemos por el principio. La creatividad. Este es el primer impulso, la chispa que enciende todo proceso de transformación. Es la capacidad de mirar los problemas de siempre con nuevos ojos, de imaginar soluciones donde otros solo ven rutina. Es un acto de libertad, una forma de rebeldía inteligente. Pero esa energía creativa necesita espacio, tiempo y confianza para poder aflorar. En muchas empresas públicas, el exceso de jerarquías o el miedo al error terminan asfixiando la creatividad. Se premia la rutina más que la imaginación y así las ideas se estancan. Recuperar la creatividad en una organización implica abrir el juego, generar ámbitos donde todos puedan pensar, proponer y equivocarse sin miedo. Implica también aceptar que no todas las ideas serán geniales, pero que el simple hecho de generar pensamiento nuevo ya es un avance cultural. Fomentar la creatividad es darle valor a la pregunta, no solo a la respuesta. Es animar a los equipos a pensar diferente, a mirar más allá de la función o el puesto, y a incorporar miradas diversas e integrales. De esa mezcla surgen los hallazgos. Sin creatividad, no hay innovación.

 

El valor de innovar en equipo.

La innovación comienza cuando esa creatividad se vuelve acción. Cuando una idea deja de ser un papel o un pizarrón garabateado en una reunión y se convierte en algo que mejora la vida de las personas o la eficiencia de la empresa. Pero innovar requiere método y, sobre todo, requiere equipo. Las famosas ‘chacras’ que dividen áreas, saberes y responsabilidades son enemigas naturales de la innovación. Si cada sector cuida su parcela y no comparte, el conocimiento se fragmenta y el cambio se frena. Innovar es abrir las puertas, construir puentes y generar una cultura de colaboración transversal. Por supuesto que la innovación en el sector público tiene un valor enorme porque impacta directamente en la calidad de los servicios, en la transparencia y en la relación entre el Estado y la población. Pero para que eso ocurra, las ideas deben tener propósito. No se trata de innovar por moda o por cumplir un mandato, sino de hacerlo con emoción, sentido, con foco en resolver problemas reales y mejorar procesos (y la vida de las persona). Cuando los equipos se animan a cruzar fronteras internas, a escuchar al otro y a pensar en conjunto, la innovación deja de ser un concepto y se convierte en práctica. Y ahí es donde empieza la verdadera transformación.

 

El círculo virtuoso del cambio público.

Sin embargo, toda innovación necesita aterrizar. Las ideas no sirven de nada si no se transforman en proyectos reales, con objetivos, recursos y resultados concretos. En este punto, una oficina de proyectos se vuelve un instrumento fundamental dentro de las empresas públicas. No se trata de crear una nueva dependencia burocrática, sino de establecer un espacio flexible, distendido, didáctico, técnico y metodológico donde las ideas creativas y las propuestas innovadoras se conviertan en planes de acción medibles. Allí se definen metas, responsables, indicadores, cronogramas y presupuestos. Porque si la innovación no se proyecta ni se mide, corre el riesgo de caer en un bucle de indefiniciones o en ideas brillantes que nunca llegan a implementarse o se pierden en la burocracia institucional. Si queremos realizar una gestión innovadora, se necesita profesionalizar el proceso de cambio. Medir los avances, evaluar el impacto y comunicar los resultados son pasos esenciales para que la creatividad y la innovación se consoliden en políticas públicas sostenibles, y no dependan solo de la buena voluntad o del entusiasmo de un grupo. Innovar sin estructura es como encender un fuego sin leña. Puede dar calor por un momento, pero no dura. La clave está en combinar la energía creativa con el método profesional, la emoción con la estrategia.

 

Si las empresas públicas logran instalar esta cultura —creatividad para imaginar, innovación para transformar y gestión de proyectos para sostener—, habrán dado un paso enorme hacia un nuevo modelo de Estado: más ágil, más humano y más inteligente. Porque la creatividad impulsa, la innovación concreta y la gestión mide. Y cuando esas tres fuerzas se alinean, el cambio deja de ser un discurso y se convierte en una realidad tangible para todos.

Mario Bossolasco

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