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El ocaso del decoro

9 jul
4 min de lectura
Cuando el Parlamento se convierte en un cabaret.

Mientras la política uruguaya copia la estética del escándalo regional, tres de cada diez niños menores de seis años viven bajo la línea de pobreza. La distancia entre esos dos hechos es la medida exacta de nuestra decadencia.


El Palacio Legislativo, el edificio que debería encarnar la voluntad popular, funciona hoy como escenario de una comedia menor. Se suceden los cruces de acusaciones, las estrategias de demolición personal, la caza de errores ajenos. Mientras tanto, el Uruguay real -el de las personas que duermen a la intemperie, los asentamientos que no resisten la lluvia, los hogares donde alimentar a un hijo es un cálculo diario- se vuelve invisible para quienes ocupan las bancas.


El costo de esa distracción se puede medir. El Instituto Nacional de Estadística confirmó en 2025 que el 29,1 % de los niños menores de seis años y el 27,3 % de los niños de seis a doce son pobres; en total, casi cuatro de cada diez personas pobres en Uruguay son menores de edad. UNICEF calcula que duplicar las transferencias del Mides sacaría a 48.000 niños de la pobreza por un costo equivalente al 0,5 % del PIB, y que extender los comedores escolares a toda la educación media evitaría que 30.000 más caigan bajo la línea. Son cifras concretas, con soluciones conocidas y presupuestadas. Lo que falta no es diagnóstico ni fondos: es tiempo parlamentario, y ese tiempo se está gastando en otra cosa.


El contraste es ofensivo. Legisladores protegidos por sus fueros y con sueldos que los alejan de cualquier apuro material consumen su energía en escándalos de pasillo, mientras los jubilados que sobreviven con la mínima y las familias sin techo seguro observan cómo se administra el país como una guerra de trincheras. El éxito, en esta lógica, no se mide por cuántos niños o abuelos salieron de la pobreza, sino por la capacidad de humillar al adversario.


Hay una explicación de fondo, y tiene nombre: la pérdida de la capacidad de encuentro. Siguiendo a Martin Buber, buena parte de nuestra clase política ha caído en una relación puramente "Yo-Ello" con la sociedad. El ciudadano deja de ser un "Tú", con nombre, historia y urgencias, para convertirse en un objeto; un dato que citar, un arma que arrojar, una estadística que acomodar según convenga. Esa relación se paga en agenda perdida. Mientras el escándalo ocupa los titulares, siguen sin resolución el financiamiento de largo plazo de la seguridad social, la ampliación del sistema de cuidados y la implementación efectiva del Plan Quinquenal de Vivienda para los hogares con pobreza infantil extrema. Y tampoco ayuda una prensa cada vez más concentrada en pocas manos, que elige mostrarnos un asesinato antes que una política pública: nos entrena para consumir violencia, no para entender soluciones. Es un tema que merece su propia nota (aquí alcanza con dejarlo planteado), pero conviene decirlo sin rodeos; así no se humaniza ni se concientiza a nadie; así se propaga la violencia. Son las tres discusiones que definirán si Uruguay reduce su desigualdad estructural o la administra durante otra década. Ninguna llena un piso de streaming; las tres explican por qué un tercio de los niños del país crece pobre en el país con mejor ingreso per cápita de la región.


El daño no termina en el presente. Es una herencia para quienes miran. ¿Qué lección de civismo reciben hoy los hijos y nietos de esos jubilados y esas familias? Al ver este espectáculo, la juventud no aprende el valor del acuerdo ni la nobleza de discrepar: aprende que el éxito político consiste en destruir al otro, no en construir un país. Es un cinismo que se hereda y que hipoteca, literalmente, la próxima generación de votantes. Lo que deberíamos transmitirles es exactamente lo contrario: humanismo y solidaridad, la certeza de que un otro que sufre es responsabilidad de todos y no un rival a derrotar. Se puede discrepar sin declarar la guerra. Se puede gobernar sin necesitar un enemigo.


La factura ya llegó. El Latinobarómetro 2024 midió que solo el 24 % de los uruguayos confía en el Parlamento y apenas el 17 % en los partidos políticos. Los niveles más bajos de toda la serie histórica. El descreimiento no es una moda ni un capricho; es la consecuencia directa de una clase política que confundió su mandato con su vidriera. Cuando la política se reduce a un circo de vanidades mientras el pueblo espera, el contrato social deja de tener sentido.


Es hora de que los representantes entiendan que su única razón de ser es la gente, no la mezquindad de sus partidos ni su propia ambición. La política no es el arte de la demolición; es la ciencia, nada noble en abstracto y muy concreta en los números, de construir futuro. Un Parlamento no debería medirse por la temperatura de sus escándalos, sino por la cantidad de niños que sacó de la pobreza este año. Si no pueden estar a la altura de esa única tarea, sencillamente, sobran en el escenario.


Mario Bossolasco Akay

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